Diálogo entre página y escena

Nota para Perfil Cultura

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Entrevistas breves con escritores repulsivos en Bogotá

Nota en El Tiempo

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El día en que paseé con Robert Walser por San Telmo

Una crónica de Francisco Peregil para El País

He visto en Buenos Aires obras alucinantes. Un día me pasé con la boca abierta once horas seguidas en el Colón entre las walkirias de El Anillo de los Nibelungos, lo cual viene a dejar en una liga de tercera aquello de las naves ardiendo más allá de Orión. Otra noche pude ver a la diva Norma Aleandro ofreciendo una clase magistral, cuando interpretó a María Callas en el teatro Maipú. Dijo, por ejemplo, que en el teatro cada detalle es importante, hasta el polvo que levantan la suela de los zapatos, y que la entrada de un artista en escena, el preciso instante en que aparece, es vital. Contemplé a mujeres bailando entre libros que flotaban en la biblioteca donde trabajó Borges. He visto actores de una grandeza imponente actuando en teatros alternativos, lo cual es como disfrutar de Messi, Ronaldo y un primo de ellos jugando al fútbol en un parque. He visto muchas obras y alguna vez, incluso, una de ellas empezó a su hora. Pero pocas experiencias tan exquisitas podré contar a mis tataranietos como la del paseo que di un sábado en el barrio de San Telmo con el mismísimo Robert Walser.

Decía Walser que la puntualidad es una obra de arte y que ya sabemos lo excepcionales que son las obras de arte. Por eso el director de El Paseo, el catalán Marc Caellas, citó a los espectadores a las doce en punto, en la puerta de la antigua Biblioteca Nacional, donde en su día trabajó un tal Jorge Luis Borges. Memoricen ese nombre -Marc Caellas- y procuren seguirle adonde vaya.

La función comienza de forma casi imperceptible. Al fondo de la calle México un hombre de traje negro, paraguas y sombrero se detiene ante varios albañiles con el puño izquierdo apoyado en su cadera. Observa, inclina un poco la cabeza y continúa su camino como lo haría el mismo Walser (1878-1956), el escritor suizo al que Kafka le debía todo. Walser avanza entre el ruido, la suciedad y la belleza de San Telmo.

La obra se llama El Paseo de Robert Walser y está basada en la novela El Paseo del amigo Walser. La tradujo Carlos Fortea. Lo que viene a continuación es el intento tal vez absurdo de describir algo tan nimio como grandioso. Walser se detiene en un bar y le tira los tejos a una mujer. A cualquiera que alguna vez se sienta tentado de hacer lo mismo le vendría bien memorizar el siguiente párrafo.

Tiene usted un rostro tan bello, un aspecto tan agraciado, encantador y, tengo que añadir, interesante, muestra una tan hermosa, noble y buena figura, mira tan directa y clara y tranquilamente, a mí y al mundo entero, que me era imposible forzarme a pasar ante usted sin arriesgarme a decirle algo gentil y halagador, lo que ojalá no me tome a mal, aunque he de temer que merezco castigo y desaprobación por mi ligereza. Cuando la vi, se me ocurrió al instante la idea de que tenía que haber sido actriz.

Hay que observar la reacción de ella, la de los clientes en el bar, que en cada función serán distintos y reaccionarán de distinta manera. Seguimos con Walser, que se detiene junto a un anciano. El traje, el bastón, el lento caminar de Walser invita a los porteños al diálogo. Un mecánico lo invita a ver por dentro su taller y allí le enseña un coche de 1927 -de la ápoca de Walser, por cierto-.

(…)

Una obra imponente. La señora Aebi es la actriz Sara Valero. Y Robert Walser es el actor, poeta, fotógrafo y periodista (también de origen suizo, por cierto) Esteban Feune de Colombi. Nos cuentan que una vez, mientras Walser despotricaba frente a la casa del árbol, llegó el dueño de la casa y se encaró con Walser. Uno de los espectadores lo calmó, le dijo que se trataba de una obra de teatro. Y al llegar a la casa de la señora Aebi el resto del público lo felicitó porque creyeron que se trataba de otro actor. Es como estar en el camerino con los artistas.Un paseo inolvidable.

Si ven por ahí al catalán Marc Caellas junto un tipo con sombrero y paraguas, síganlos, adáptense al lento caminar de ellos. Llegarán mucho más lejos que donde ardieron las naves de Orión.

Texto completo en el blog de Francisco Peregil

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El Paseo de Robert Walser en Montevideo

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Rodrigo García vs Emilio García Wehbi para Otra Parte

Publiqué este texto en el número 27 de Otra Parte

RODRIGO GARCÍA por GARCÍA WEHBI

Que un autor hispano-argentino que inaugura con éxito una edición del Festival de Avignon con una obra titulada Cruda. Vuelta y vuelta. A punto. Chamuscada y con un elenco formado por quince pibes salidos de la murga sea desconocido en Buenos Aires es inaudito. Que La historia de Ronald, el payaso de McDonald’s -para quien escribe una de las mejores obras que vio en su vida- se paseara por los escenarios de medio mundo menos por los argentinos es sorprendente. Que el único director de teatro que a estas alturas del partido aún provoca manifestaciones y amenazas de bomba contra sus montajes en Europa sea considerado en una urbe tan teatral un simple provocador es inquietante.

Las razones del poco interés de los puestistas argentinos en los textos García -afincado en España desde hace más de 25 años- puede analizarse, en primer lugar, como un ejemplo más del habitual menosprecio al compatriota que triunfa fuera. La condición de “extranjero” atribuida a Rodrigo García -nacido en Buenos Aires, donde nació y vivió sus primeros 21 años- es producto de la ignorancia porque si bien es cierto que escribió y montó la mayoría de obras en España, también lo es que el tema argentino siempre aparece de un modo u otro en sus afiladas diatribas. Cuando organizó su banda teatral la llamó La Carnicería Teatro. Cuando le pidieron una propuesta para un homenaje a Borges presentó una obra que es tanto una elegía como un tortazo. Cuando tiene un momento en escena aprovecha para recordar a los militares argentinos. Y la lista continúa.

Se podría argumentar también que este teatro provocador gusta al espectador europeo burgués porque le permite limpiar su sentimiento de culpa por las injusticias sociales sin mayor esfuerzo que aguantar una serie de improperios u olores desagradables. En Buenos Aires, entonces, podríamos pensar que las obras de García las representan todas las tardes esos niños que nadan entre escombros ante la indiferencia general. ¿Los escenarios? Más vale que estén limpios. Sin embargo, Rodrigo García piensa que el teatro no vale nada cuando la educación, la sanidad o el transporte público no funcionan. Quizás por eso Rodrigo García trabaja con personas, no con personajes. Su teatro sucede aquí y ahora, no en un espacio temporal indefinido. Para dejarlo claro es capaz de poner a 300 espectadores a mover el escenario con una cuerda o a provocar una lluvia real de comida congelada sobre las atónitas cabezas de todos, público y actores.

Borges pensaba que los recuerdos que más nos emocionan son los de olores y gustos, porque suelen estar rodeados de abismos de olvido: hay que oler el mismo olor para recordar un olor, hay que sentir el mismo gusto para recordar un gusto (no ocurre así con imágenes y sonidos). En una de sus últimas propuestas estrenadas, Gólgota Picnic, Rodrigo cubre el escenario con una alfombra de seis mil panes de hamburguesa. Más allá del impacto estético inicial, la imagen, lo relevante es el polvo que va levantándose a medida que transcurre la obra y que los actores transitan por el espacio. Poco a poco, el olor, tan característico de un local de comida basura, se apodera de toda la atmósfera de la sala y acompaña al afortunado espectador mucho tiempo después de haber asistido a un ritual extraordinario, coronado con esa versión para pianoforte que interpreta Marino Formenti de Las siete últimas palabras de Cristo en la Cruz, de Joseph Haydn.

Los textos de García se pueden leer como lo que son, muy buena literatura: lúcidos ensayos sobre la vida contemporánea, manuales de activismo contra la ramplonería reinante, radicales consejos para educar a los hijos. La huella de Thomas Bernhard o Céline está presente pero también la mala leche de un Ramón Valle Inclán. Rodrigo García muestra las cosas desde otros ángulos, menos usuales. “¿Es mala la prostitución infantil? -se pregunta- Yo debo defender que es muy positiva, para la economía de los niños, etcétera. Tengo que argumentarlo, aunque no lo comparta. Eso hace rabiar al público. Y empieza el debate. Sabemos que muchos de los que enfurecen, tienen relaciones sexuales con menores. Pero enfurecen. Eso es interesante. Hablar de las cosas con simpleza. Y que la gente se asuste ante sus propias vergüenzas.”

El escritor Rodrigo desconfía de su propia escritura. Le gustaría hacer una obra sin textos pero no puede, necesita del anclaje de la palabra. Sin embargo, una vez anclada, la palabra es un elemento más en la escena. El director Rodrigo usa el cuerpo del actor como un lienzo y dibuja sobre él, como si fuera un Pollock de las tablas. Con agresividad, con violencia, con criterio. Un criterio que no significa sensatez sino confusión. Otra manera de plantearse los temas. Podemos decirlo, sin miedo: es un teatro incontestablemente político, que no ideológico. A diferencia de otras propuestas teatrales que presumen de su carácter apolítico, el teatro de Rodrigo García no agota su sentido en la inmediatez de la acción, en el aquí y el ahora de lo que se dice y lo que se hace. En sus obras la realidad aparece bajo una óptica diferente, descubriendo hechos y abriendo posibilidades que eran invisibles apenas un segundo antes, y que ahora quedan expuestos a la vista de todos.

Rodrigo García desconfía del teatro “bien hecho”, ve poco arte en esa perfección formal. En cambio, cuando la cosa está mal, cuando los ritmos no son los adecuados, los espacios incómodos para ver, la actuación poco teatral, la voz demasiado baja o demasiado alta, la luz pone a los actores verdes o amarillos, entonces tal vez es posible conseguir ese por lo general esquivo arte. No sorprende entonces que sea Emilio García Wehbi el que haya tomado el toro por los cuernos y se haya dejado la piel (no es una metáfora, en una función de Agamenón. Volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo Wehbi se fracturó la muñeca y desde entonces sale a escena con la mano enyesada) en unos montajes que han sacudido la, a ratos, demasiado cómoda escena porteña, donde es difícil, por ejemplo, ver a un actor sudar de verdad en el escenario. Mientras otros directores de su generación venden su alma al mejor postor de la calle Corrientes -creyendo ilusamente que dirigen “teatro comercial de arte”-, Wehbi apuesta por la utópica pero necesaria idea de hacer daño al público, de poner en escena esa realidad que fingen ignorar, de hacerles mirar lo que no quieren ver. Las bolsas de basura en Agamenón no son sólo una metáfora de las relaciones entre países sino, sobre todo, un gran bocado de realidad. Seguramente Wehbi piensa, como Romeo Castelluci -otro creador fundamental de lo que conocemos como teatro post-dramático- en la necesidad de desarrollar estrategias para curvar la mirada del espectador, para que cuando mire al escenario, en realidad se mire a sí mismo.

Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta es el elocuente título de la primera propuesta de la trilogía Rodrigo García. Partiendo de una discusión familiar sobre la mejor manera de gastar los ahorros, si un viaje a Disneylandia o un paseo por el Prado, la obra puede verse como una mordaz reflexión sobre las distintas maneras de educar a los hijos e incluye, a modo de cameo intelectual, la aparición del filósofo alemán Peter Sloterdijk, “porque es filósofo y porque está de moda”. La puesta de Wehbi también ancla al espectador al aquí y ahora, trasladando a sus carnes el desmesurado esfuerzo físico del actor, que expone su cuerpo a un derroche de energía acorde con el derroche de ideas que propone García. Quizás el único reparo sería el exceso de citas y referencias ajenas, capas de significado no del todo necesarias ante la potencia de lo que ya está en el texto de García. Sobresale en esta propuesta el brillante trabajo escenográfico, con esa montaña de libros sobre la que escala Wehbi para ser derribado a continuación por algunos de esos mismos ejemplares, en un gesto que los transforma en verdaderas armas de destrucción masiva.

No ocurre lo mismo en Agamenón, donde la mayoría de citas y referencias provienen de otros textos de García e incluso ciertas estrategias de puesta en escena (la cocina, los olores a comida, los disfraces de payaso) son propias de la poética de los montajes del propio autor, que Wehbi parece conocer bien y de las que se apropia legítimamente. En Agamenón, además, Wehbi se acompaña en escena de un inconmensurable Pablo Seijo. Ambos se apoderan del escenario con una fuerza inusitada y construyen con los espectadores un ritual poético y político de insospechada belleza. Todo parece hecho a medida en esta puesta, incluso la cita de Godard que funciona como intervalo publicitario ideológico, que combina vandalismo intelectual con cariñosas palizas, comida basura con cielos estrellados, violencia y poesía, un festín teatral del que, en definitiva, debemos sentirnos orgullosos de haber participado.

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Paseando con Robert Walser (texto para Quimera)


El Paseo de Robert Walser en San Telmo
Jueves 14 y 21 de marzo, 17 horas
Sábado 16 y 23 de marzo, 12 horas
Reserva obligatoria a robertwalser2012@gmail.com

Revista Quimera (febrero 2013)

Por una vez, sin que sirva de precedente, la contratapa no miente. Las notas de Carl Seelig sobre sus Paseos con Robert Walser no tienen parangón en la historia de la literatura. Durante veinte años, Seelig visita regularmente a Walser en el sanatorio donde éste se recluye por su propia voluntad. Las visitas son en realidad paseos por senderos, valles y montañas suizas, paseos en los que entre silencios y nubes, entre quesos y camareras, entre cervezas y cigarrillos, los lectores vamos descubriendo fascinados la naturaleza más íntima del escritor suizo.

No hay obligaciones de la amistad. No existe más que la amistad, libre y sin ataduras. Con precisión de relojero suizo, Seelig va anotando los pensamientos de Walser y se hace las mismas preguntas imposibles que su admirado amigo, ¿acaso la naturaleza viaja al extranjero? El escritor mira los árboles y se dice que si ellos no se van, ¿por qué no iba yo a poder quedarme? El sosiego que encuentra Walser doblando bolsas de plástico o limpiando las lentejas de la cena del manicomio no lo cambia por esas noches sombrías en Berlín, Berna o Biel de comienzos del siglo XX en las que intentó incubar textos que fueran a extasiar o atormentar a su público. El artista, piensa Walser, tiene la obligación de hacer reír o llorar. Si no se logra, mejor dedicarse a mirar las nubes, esas nubes que agitan el cielo, que lo vuelven más humano, esas nubes tan sociables como los buenos y callados compañeros, como el propio Seelig, su fiel amigo y silencioso colega de fatigas.

Me he sentido un poco Seelig paseando con el poeta Esteban Feune de Colombi por las calles de Buenos Aires, hablando con los vecinos de Boedo, conversando sobre la mejor manera de trasladar a la calle un texto literario. Recuerdo una tarde, en uno de los primeros paseos, plantados frente a la panadería, indignados con los rótulos en inglés del local (lunch, delivery), cuando un señor se acerca a Walser, digo a Esteban, y le pregunta: ¿ése de ahí es su padre? refiriéndose a mí. Imperturbable, Esteban le responde con un gesto afirmativo. Dígale, continúa, que se quite las manos de los bolsillos, que si se cae se hará daño. O un rato después, ensayando la escena de la cantante, cuando se nos acerca otro espontáneo para confirmar que somos del servicio de declamación, lo que efectivamente le confirmamos, quedándonos nosotros con la duda de si de verdad existe ese servicio municipal. Llegados a este punto vale la pena anotar otra máxima walseriana: se puede engañar a los demás, pero a la larga uno nunca se engaña a sí mismo.

En Boedo un joven colorado alto y elegante, que pasea su sombrero en día laborable, no pasa desapercibido para los habituales del café que hace esquina en Carlos Calvo y La Plata. De repente su rutina se ve alterada por un señor que les mira a través del cristal del local. Nuestra propuesta escénica se enmarca quizás en aquello que Reinaldo Laddaga llama un teatro de la aparición, un teatro integrado por figuras esencialmente pasajeras, que aparecen para desaparecer, que se agotan en su manifestación instantánea, y cuyo destino, una vez sus trayectorias canceladas, permanece indescifrable. El espectador pasea con Robert Walser y en ese deambular participa de este teatro de incidentes que aspira a embellecer por un rato la no siempre justamente ponderada vida cotidiana.

Así como pocos viajeros osaban pasear por las nevadas cumbres suizas por donde caminaban Seelig y Walser, tampoco llegan, afortunadamente, los turistas al pasaje Pedro Bidegain. Una vía que para un apresurado ciudadano del siglo XXI no es más que otro anodino rincón de la urbe, para un poeta puede convertirse en la inspiración que le haga preguntarse: ¿por qué no dejar que lo pasado se hunda y se pudra? ¿No son las ruinas más bellas que los remiendos? Y para remiendos los del señor Miguel, Miquelet para los amigos, un zapatero de familia mallorquina que interrumpe nuestros paseos con anécdotas del barrio, de la época de los tranvías o de cuando sus máquinas servían para algo más que para dejar testigo de un tiempo que ya no volverá.

Cuando los artistas no mantienen una relación de tensión con la sociedad, se paralizan con rapidez, le dice una tarde Walser a Seelig. Se nota que el sabio suizo tuvo tiempo de reflexionar sobre el rol del creador en un mundo en el que todo se valora en cifras. Con un humor fino y mordaz, con unos niveles de autocrítica sorprendentes, Walser construye con El Paseo una novela que, a más de cien años de ser escrita, sigue siendo tan reaccionaria como vanguardista, una oda a la libertad personal y a la valentía de no sacrificar la poesía y el lenguaje a los dictados de los mercaderes del templo.

Plantear una obra de teatro para diez espectadores, a media tarde de un día laborable, puede parecer una excentricidad gratuita. Justamente ésa es la idea. Ofrecer al improbable lector/espectador un regalo inesperado, una superproducción de bajo presupuesto, una obra de teatro a pie. Porque es divinamente sencillo y antiquísimo ir a pie, suponiendo que zapatos y botas estén en condiciones, suponiendo que tengamos la disposición para estar atentos a mirar nuestro entorno de otra manera, suponiendo que queramos dejarnos llevar.

“Caminar es el mejor antídoto moderno contra la prisa: tenemos tanto afán por hacer cosas, por trabajar, por escribir, por acumular dinero, por hacer oír nuestra voz en el silencio burlón de la eternidad, que olvidamos esa cosa de las que aquellas no son sino partes, a saber: nos olvidamos de vivir. Caminar puede ayudarnos a no olvidarlo nunca”
Robert Louis Stevenson

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¿no te das cuenta de que yo también estoy hecho mierda?

una imagen de martín castillo


(un texto de Francisco Peregil para El País)

Un tipo le cuenta a una rubia que quiere encontrar la manera de dejarla sin hacerle daño. Está sentado dos mesas más allá de la nuestra, en el café-librería Clásica y Moderna, de Buenos Aires. Después, otro le cuenta a la misma rubia lo falsos y egoístas que son esos fulanos que en vez de darse la vuelta y ponerse a roncar después de hacer el amor, se empeñan en dar el máximo placer a las mujeres. Falsos y egoístas, dice, porque en realidad solo quieren demostrarse que son unos amantes portentosos. Al rato…

Al rato, otro tipo le cuenta a la rubia cómo se las arregla para distinguir entre mujeres gallos y gallinas, es decir, entre las que estarían dispuestas a dejarse atar por él y las que nunca lo harían. La librería es recogida, íntima como una plaza pequeña, que diría Lorca. El catalán Marc Caellas nos observa a todos desde el fondo. Caellas no cree en el teatro convencional en el que los actores hablan al público desde un estrado. Dirige obras donde los actores envuelven al espectador o caminan junto a él o se sientan al lado. En este caso, se trata de algunas Entrevistas breves con escritores repulsivos, una adaptación de textos de David Foster Wallace.

En la obra se produce un momento mágico, auténtico y real como solo el mejor teatro puede procurarlo: un tipo pelirrojo le cuenta a la rubia que quiere dejarla, que ya no soporta la relación, no aguanta la presión de sentir que ella siempre ha vivido con el miedo a que él la abandone. De repente, ella se levanta de la mesa, se va hacia la puerta de la librería, él se levanta también y la sigue, ella sale, tira hacia la derecha, por la acera, y la vemos por los ventanales de la librería. Y él sale también, da unos pasos en la calle y también lo vemos por el ventanal y le oímos gritar a la rubia:
-¿No te das cuenta de que yo también estoy hecho mierda?

Por un momento el teatro deja de ser teatro. La gente que camina por la calle y trata de mirar discretamente la discusión. De pronto la frase nos deja riéndonos, como desnudos en un lugar que no era ni la calle, ni la librería ni el teatro.
-¿No te das cuenta de que yo también estoy hecho mierda?

(siga leyendo acá)

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David Foster Wallace 2ª temporada

una imagen de Martín Castillo

Entrevistas breves con escritores repulsivos

Dirección: Marc Caellas
Escritores: Roni Bandini – Martìn Seijo – Lucas Oliveira – Esteban Feune de Colombi – Guillermo Piro
Periodista: Trini Moliterno

Lunes 18 y 25 de febrero a las 19.30 hs -
Clásica y Moderna – Callao 892
Entrada $ 50

Reservas al 4812-8707

Producción Omara Barra
omarabarra@gmail.com

www.clasicaymoderna.com.ar

Marc Caellas escribe y dirige obras de teatro en espacios no convencionales.
Publicó Carcelona (Barcelona, Melusina, 2011) y una de las diez dosis de The Wire (Madrid, Errata Naturae 2010)
En Buenos Aires estrenó Entrevistas breves con escritores repulsivos (2011),adaptación de textos de David Foster Wallace interpretadas por escritores y El Paseo de Robert Walser (2012), un paseo literario-teatral por las calles de Boedo.
En Bogotá estrenó Las Listas (2012), de Julio Wallovits, Haberos quedado en casa, capullos! (2008), de Rodrigo García y Los Críticos también lloran (2009), suerte de mesa redonda ficticia a partir de un texto de Roberto Bolaño, que también se pudo ver en Barcelona, Estocolmo, Madrid, Sao Paulo y Río de Janeiro.
En Caracas estrenó El Amor de Fedra (2007), de Sarah Kane, y La Cena (2006) de Giusseppe Manfridi.

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Cabaret Literario-Perec-Pensar/Clasificar-Mapa Teatro

Con Matías Maldonado y Kathy Cut

Kathy Romero (Aka Kathy Cut) modelo, actriz, dj, relacionista publica.
Vivió y estudió en París y Lyon Comunicación Social y Arte Dramático, organizadora de Souns Systems a Paris. En Europa, Kathy Cut pasaba su tiempo en un avión entre los dos países actuando en teatro, telenovelas y produciones como El Capo 2, o Pecatta Capitalia, tocando en los mejores festivales y clubs de Europa y Colombia, trabajando como relacionista publica y productora para el famoso fotógrafo Raul Higuera y modelo para la marca Clarrins en Francia.
Hace dos años llega a su país natal Colombia, para volver al ruedo con toda y quedarse un buen tiempo.

Matías Maldonado, actor y guionista de teatro, cine y televisión, ha estado en contacto con el medio audiovisual desde su infancia: a los ocho años tuvo su primera aparición en televisión en la telenovela “San Tropel”. Ha trabajado como protagonista, actor de reparto o figurante en 7 largometrajes. Ha actuado en una decena de obras de teatro, entre las que se destacan “American Blues”, “Muerte accidental de un anarquista” y “Trainspotting”, según una versión que escribió junto a Mario Duarte, director de la pieza. En el campo de la dramaturgia ha participado también en la escritura de las obras “El deber de Fenster” y “Poeta, en qué quedamos?”.

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El paseo de robert walser (el vídeo)

El Paseo de Robert Walser en Boedo (Buenos Aires)

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