Director de teatro y habitante de Bogotá


BOGOTÁ
Texto para Galera Intelectual y frívola

En Bogotá ya viví en los barrios La Macarena, La Soledad, Chapinero, Quinta Camacho, Los Rosales, cada uno con su personalidad: almorzaderos, árboles centenarios, grafitis y pasea perros.
En Bogotá monté una obra de teatro a pie, otra en una librería, otra en una galería de arte, otra en unos sótanos semiabandonados y ahora trabajo en una que quiero suceda en diversos tipos de automóviles. Bogotá, a 2600 metros más cerca de las estrellas, me inspira.
En Bogotá hice el amor en un baño con vistas a la torre Colpatria, me sumergí en un trío con dos mujeres, pero también lloré por un amor terminado y me echaron de casa a golpes sin tiempo a explicarme.
En Bogotá padecí un paseo millonario en un taxi, un asalto con puñal en un pasaje y un robo semi invisible en Transmilenio, el sistema de transporte público urbano que intenta suplir la falta de metro sin demasiado éxito.
En Bogotá siempre es otoño aunque para los locales es verano cuando hace sol e invierno cuando llueve. La temperatura siempre oscila entre los 8 y los 20 grados. Todo el año.
En Bogotá, y por una vez tienen razón los eslóganes, el riesgo es que quieras quedarte.

Publicado en Crónicas | Deja un comentario

Crónica del Hay Festival Cartagena a base de aforismos

El día antes de volar a Cartagena me llevo prestado de la casa de una amiga actriz en Bogotá un libro de E.M. Cioran: Ese maldito yo. Empiezo a leerlo en el avión y se me ocurre que sus aforismos pueden ser una referencia para contar algunos momentos de un Hay Festival en el que ejerzo de cronista low-cost.

“Pobre del escritor que no cultive su megalomanía, que la vea menguar sin reaccionar. Pronto se dará cuenta de que uno no se vuelve normal impunemente.”

Sospecho que nunca antes sucedió. Vivimos en una época en la que los escritores viajan más que sus libros. Algunos escritores tienen más espectadores que lectores. Lo mínimo que podrían hacer entonces es desarrollar algún tipo de habilidad escénica. Pero no. Apenas se les pide que conversen informalmente con un interlocutor que a menudo ni se leyó los libros de su entrevistado. En este Hay Festival, además, se da la circunstancia de que fueron invitados varios autores ingleses que ni siquiera tienen un libro traducido al castellano. Es posible que nadie de la sala haya leído nada de David Szalay o de Sunjeev Sahote ¿Por qué vinieron a escucharles? ¿Cuál es el encanto de escuchar a un escritor al que no has leído?

“Hay algo de charlatán en todo aquel que triunfa, sea en la materia que sea.”

Un teatro lleno recibe a Felipe González, ex presidente español. Felipe triunfó primero en política, luego en el diseño de joyas y ahora pretende labrarse una carrera en el mundo editorial. Ha publicado un libro sobre el liderazgo en el siglo XXI. Siempre desconfío de las charlas sobre liderazgo, las impartan Ferran Adrià, Pep Guardiola o el propio Felipe. Sobre todo porque ellos nunca asistieron a ninguna charla antes de convertirse en líderes. Quizás por eso lograron serlo. Me irrita un poco el prestigio de estadista de González en Latinoamérica. No creo que nadie en Europa le invitara a ningún festival cultural.

“Las religiones, al igual que las ideologías, que han heredado sus vicios, no son en el fondo más que cruzadas contra el humor.”

Llego tarde a la charla de Yoani Sánchez. Antes de entrar reparo en las veinte personas que protestan contra la bloguera cubana. La llaman agente de la CIA. Gritan consignas a favor del régimen cubano. Es la única protesta en todo el festival. Curioso que sea contra una periodista que logró notoriedad escribiendo un blog en el país con el índice más bajo de conectividad a internet. Sólo por eso merece un respeto. Ahora prepara un nuevo medio digital. Quiere pasar de un proyecto individual a uno colectivo. Sin necesidad del papel. Para que no pase como en Venezuela. Y es que en Cuba, nos cuenta Yoani, las imprentas están más protegidas que los cuarteles.

“Las hazañas sólo son posibles en las épocas en que la auto-ironía no ha hecho aún estragos.”

Quedo perplejo ante la pasividad de Antonio Caballero frente a Enrique Santos. Toda la lucidez, mordacidad, crítica que despliega en sus artículos se evapora ante su amigo de juventud, el hermano del actual presidente de Colombia. Si tal como menciona en su columna en Semana, le molesta que el Hay sea un festival para ricos, ¿por qué aceptó participar? En uno de los pocos momentos interesantes afirma que, siendo un privilegiado, tiene dos opciones: aprovecharse de los privilegios para aumentarlos o escribir luchando contra ellos ¿Por qué no aprovecha este foro, sobre periodismo y política, para decirle a su contertulio lo que piensa sinceramente del medio en el que Santos ha sido columnista y director tantos años? Los insatisfechos aquí no son los que se quedaron sin boleta, sino los que perdimos una hora en una charla insulsa y prescindible.

“Lo esencial surge con frecuencia al final de las conversaciones. Las grandes verdades se dicen en los vestíbulos.”

Coincidir con el escritor brasileño Marçal Aquino y el periodista Alfonso Borges en la Esquina del Habano, y pasarse la tarde conversando de literatura, mujeres y fútbol. Almorzar en La Mulata con el rentista irlandés Ian, quién escribe un libro sobre el disfraz, ambientado en el Carnaval de Barranquilla. Beber unos tragos con una canadiense empleada en una empresa que construye una refinería a las afueras de Cartagena. Reencontrarse con la editora chilena Andrea Palet mientras esperamos nuestro vuelo de regreso a Bogotá. Momentos más auténticos que cualquiera de los eventos oficiales.

“Si la amistad es interesante es porque resulta, casi tanto como el amor, una fuente inagotable de desengaños y de rabias, y por ello de sorpresas fecundas de las que no sería razonable desear abstenerse.”

Me cuentan que una bogotana que solía considerar mi amiga ahora habla mal de mí. Luego me entero que su adaptación a la vida cartagenera no es fácil. Sale con un tipo con dinero, pero tiene que aguantar comentarios de la suegra del tipo: “ah, ¿cobraste?, muy bien, ahora tendrás platita para hacer mercado”. Sus amigas no entienden cómo lo soporta. Yo sí.

“No habría que escribir nunca sobre nadie. Tan convencido estoy sobre ello que cada vez que no tengo más remedio que hacerlo, mi primer pensamiento es atacar, incluso si lo admiro, a aquel de quien debo hablar.”

Una repentina enfermedad de su hijo mayor hace que Emanuelle Carrère tenga que regresar urgentemente a París, dejándonos con la miel en los labios. Esperaba con ganas escuchar los argumentos de un escritor que logró escribir buenos libros (¡que no novelas!) partiendo de la vida de personajes fascinantes, como el asesino francés Jean-Claude Romand o el poeta y activista ruso Eduard Limónov. Hubiera sido ideal confrontarlo con Alberto Salcedo Ramos, magnífico escritor con un aproximamiento a las personas que inspiran sus crónicas radicalmente distinto al de Carrère. Por desgracia, esta vez a Salcedo le toca soportar los chistes de Juancho Armas Marcelo, escritor canario que aún cree, en pleno siglo XXI, que un cronista, en realidad, lo que quiere, para ser feliz y sentirse realizado, es publicar una novela.

“El exceso de deliberación perjudica a todos los actos. Disertar demasiado sobre la sexualidad equivale a sabotearla. El erotismo, plaga de las sociedades crepusculares, es un atentado contra el instinto, es la impotencia organizada. No se reflexiona sin riesgo sobre las proezas que no necesitan la mínima reflexión. El orgasmo jamás ha sido un acontecimiento filosófico.”

La siesta es posiblemente la mejor hora para retozar en una cama bien acompañado. Me sorprende que tú, Pere Estupinyà, presentado en el programa como químico y divulgador científico, y escritor de La ciencia del sexo, no estés de acuerdo y aceptes impartir tu charla a esta hora intempestiva. No te lo perdono ¿El nuevo Dr. Masters es catalán? Me asaltan las dudas después de escucharte decir que no vas a contarnos lo que de verdad pasó en el club de swingers al que fuiste a “investigar” ¿Por qué te proteges con esta jerga pseudocientífica? No seas así. ¡Cuéntanos algo que hayas sentido en la piel, Pere! Deberías leer las crónicas gonzo de Gabriela Wiener, donde quedan fuera los pudores y las represiones. Cuando para justificar que has “demostrado” que el sexo es irracional, ¿acaso no lo sabíamos?, pones como ejemplo las dudas que te entrarían a la hora de acostarte con una mujer atractiva que te confesara haber estado con hombre antes sin usar preservativo, pienso en la doctora Johnsons, en Lizzy Kaplan, en Anne Sexton y viajo muy lejos del Hotel Santa Clara.

“Todo el mundo me exaspera. Pero me gusta reír. Y no puedo reír solo.”

Cada noche es fiesta en el Hay Festival. Se sabe, los escritores no duermen bien sin unos tragos encima. La fiesta de la FNPI: buena comida árabe, buena música, pocos y malos tragos. La fiesta de Arcadia: llegada en carroza y Chivas 12 años a discreción. La fiesta de Margarita Valencia: agradables mojitos al lado de la piscina. Muchas risas. Poca diversión.

“Leer es dejar a otros padecer por nosotros. La forma más delicada de explotación.”

El formato de conferencia está caduco. Está más que probado que es ineficiente como método de discusión del pensamiento y, como mucho, podemos concederle que es una manera como cualquier otra de transmitir información. Las limitaciones del género se ponen aún más en evidencia cuando el conferenciante lee. El desarrollo de las ideas es lento y el lenguaje excesivamente formal. Es el caso de Ricardo Piglia ¿No sería maravilloso que las conferencias se convirtieran en piezas de teatro? ¿Por qué no existen dramaturgos especializados en conferencias literarias? Desde ya ofrezco mis servicios.

“Cada acontecimiento sólo es un mal augurio más. De vez en cuando, sin embargo, una excepción que el cronista exagera para crear la ilusión de lo inesperado.”

Publicado en Crónicas, textos | Deja un comentario

Notas de Cocina, una reseña

NOTAS DE COCINA: UN ESPEJO PROVOCADOR E INCISIVO
Publicado por Mauricio Arévalo en Revista Artificio

Hay muchos tipos de risa, y esos tipos de risa dependen de qué la motive y de quién la interprete. Hay risas inocentes, sarcásticas, morbosas, crueles, incómodas, hipócritas y nerviosas. Ahí habita el arte de la comedia, en entender que la risa no es única y que es un reflejo que responde de maneras distintas a diferentes estímulos. Hay risas que se olvidan, que son de un momento; estas risas, normalmente, reaccionan a chistes fáciles que no exigen mucho de la persona que los escucha. Es esa risa del humor infantil, la que se despierta con lo escatológico, lo físico, lo morboso, lo explícitamente gracioso. Hay otras risas, en cambio, que se despiertan por una relación de complicidad entre quien hace el chiste y quien lo escucha: esa que obliga a este último a esforzarse para entender lo gracioso porque se esconde, se disfraza; la gracia subyace en la broma, lo que le exige al espectador que la procese, la trabaje, la (re)construya. Este tipo de humor es el más difícil de lograr: requiere una profunda conexión con el público al que se dirige, y una confianza arriesgada también puesto que es una clase de humor que no se puede permitir subestimar a aquéllos que lo consumen. Supongo que ésa es la diferencia entre el humor fácil y el inteligente y la razón por la que me disgustan los chistes tipo “Sábados felices”: la gracia de este último tipo de risa – la del humor inteligente – es, precisamente, que el espectador termine de construir el sentido del chiste, que entienda esa relación de complicidad y que devele los sentidos ocultos, disfrazados, por los cuales se está riendo.

Esta risa cómplice es muy común en el humor negro, ése que se burla de las situaciones que deberían despertar sentimientos más ‘nobles’ que la risa, ése que rescata la idea original de la sátira porque incomoda, ése que, justamente porque incomoda, termina cuestionando, criticando y mostrando verdades que en otros contextos más “serios” no se pueden mostrar. Ése que resulta, en últimas, desafiante.

Notas de cocina, el montaje más reciente del director Marc Caellas basado en un texto del argentino Rodrigo García, despierta este tipo de risa cruel que termina siendo un placer casi culposo. El montaje es un viaje por escenas a través de la Fundación Teatro Odeón, un bellísimo edificio en el centro de la ciudad, al frente de la Jiménez, que adquiere protagonismo justamente gracias a ese recorrido. El público acompaña a los tres actores (más bien presentadores) por las distintas salas del sótano que dejan descubrir en el Odeón un lugar perfecto para entender el centro histórico de Bogotá; un espacio que se convierte en una muestra fractal de lo que es la Candelaria: misterioso, en un limbo entre el pasado y el presente, con un tufillo histórico en el que se respira la cultura y una apariencia bohemia, atractiva y hasta seductora.

Notas de cocina es una obra que junta varias escenas con distintos personajes sin conexión aparente. Esto hace que no sea un montaje con una trama única y le impide tener una estructura del todo definida. Como si fuera una antología escénica, recoge muchas historias con muchos personajes sin nombre; y si bien este eclecticismo no deja que el público conecte nunca con ninguno de sus personajes y que sus historias rayen con lo absurdo y lo ilógico, es precisamente en esa “carencia” donde salen a relucir los mayores logros escénicos del montaje: la presentación de los actores y el humor negro, entre crudo y sutil, que logra construir.

Como tienen que pasar de una situación a otra tan rápido, con personajes tan distintos entre sí (y además tan poco definidos) la versatilidad de los actores es clave para construir la verosimilitud de lo que se está narrando y, sobre todo, para mantener la atención de un espectador que se estará esforzando por darle unidad a una obra que, no sólo no la tiene, sino que no la necesita. Una versatilidad que todos los actores (Hernán Cabiativa, Martha Márquez y Matías Maldonado) demuestran de principio a fin de una manera sólida y divertida.

El espectador entiende, poco a poco, que si bien no hay una lógica narrativa, la constante en Notas de cocina es esa risa cruel que anunciaba arriba. El montaje se burla de todas las instituciones de las que se vanagloria nuestra sociedad burguesa, cuestionándolas, desafiándolas y desacralizándolas. De hecho, la obra no deja títere con cabeza: la familia, la maternidad, el éxito, los premios, el sentido de la vida, la auto superación, la política, la educación, el “buen gusto”, el arte y los medios de comunicación, pasan todos por esa visión sarcástica ante un espectador que no tiene más opción que reírse de todos, de todo y de sí mismo. La adaptación del texto de García al contexto bogotano es, además, un elemento más a su favor porque termina señalando esas vigas sobre las cuales se construye la identidad bogotana que nos encanta ignorar: el esnobismo, el arribismo y la doble moral.

Notas de cocina es, así, una obra para aquéllos que disfrutan del humor negro pero, sobre todo, para quienes estén dispuestos a poner su cabeza en la guillotina para que se la corten. Después de todo, al final, el espectador quedará con la sensación de que todo eso de lo que nos burlamos es, en últimas, todo eso que somos; una risa que nos lleva a ser más conscientes de quiénes somos, quiénes nos rodean y en dónde vivimos, como si estuviéramos mirando un espejo provocador e incisivo.

Publicado en Teatro | Deja un comentario

Chicas desnudas leyendo

Una imagen de Martín Castillo

CHICAS DESNUDAS LEYENDO
un texto para Cartel Urbano

“Debes admitir, Blanche, que no hay nada más humanamente hermoso que los pechos de una mujer. Nada más humanamente hermoso, más humanamente misterioso que la razón por la cual los hombres quieren acariciar sin cesar, con pinceles, cinceles o manos, estas bolas de grasa extrañamente curvadas, y nada más humanamente atractivo que nuestra complicidad (me refiero a la complicidad de las mujeres) con su obsesión.”
Coetzee en Elizabeth Costello

¡No es fácil leer!, suele decir la actriz y co-directora de Mapa Teatro Heidi Abderhalden. Sabe de lo que habla. Lleva más de ocho años organizando Cabarets Literarios en la vieja casa de la carrera séptima que funge como base de operaciones del Laboratorio de artistas más influyente de Bogotá. Por allí han pasado actores, escritores, músicos. La mayoría muy talentosos, pero no todos buenos lectores.

Leer acostumbra a ser una actividad solitaria, privada. Convertir la lectura de un texto en una propuesta escénica implica, en primer lugar, ser consciente del espacio. No es lo mismo leer en un parque que en una iglesia. No se presta la misma atención en un bar con música de fondo que en una silenciosa librería. En segundo lugar, el cuerpo. Demasiados escritores no son conscientes de lo mal que leen sus propios textos. Deberían pensar en Mario Bellatin y en su legendario Congreso de dobles de escritores, en el que actores preparados durante meses reemplazaron a los autores a la hora de dar la cara ante sus lectores.

Naked girls Reading nació en Chicago en el 2009. Se les ocurrió a la showgirl Michelle L’amour y a su esposo Frankie Vivid. La idea era, es, simple. Un grupo de bellas mujeres desnudas leyendo a una audiencia. Simplemente eso. En su página web afirman que no esconden (obvio, están desnudas) pretensiones literarias ni sórdidas. Cuatro años después se convirtieron en una suerte de franquicia y hoy en día, son dieciocho las ciudades donde se llevan a cabo estas lecturas.

Los textos escogidos no son necesariamente eróticos. Van desde las tragedias de Shakespeare a los cuentos de Hemingway, de los viajes de Keoruac a los tugurios de Baudelaire. Aventuras de piratas o libros de auto-ayuda, todo vale si se crea una atmósfera lúdica y sexy, intelectual y frívola. Obvio que un tatuaje en donde debería ir el vello púbico alejará momentáneamente al oyente del mundo de Faulkner. Pero inmediatamente regresará a ese condado ficticio de Yoknapatawpha donde viven sus personajes. En ese viaje de ida y vuelta, entre el cuerpo y la mente, algo revelador sucede.

Las mujeres no están totalmente desnudas. Llevan puesto algún tipo de zapatos y se engalanan con distintos tipos de joyas. El maquillaje completa la construcción del personaje. Lo interesante es que esas mujeres no intentan ser sexys, no posan obscenamente. Simplemente leen desnudas, y lo hacen bien, y eso genera algo difícil de explicar para el que no lo vive. Suele suceder con los gestos simples. Pero es que además el sentido de lo leído se transforma. Las propias lectoras lo sienten en su propia piel.

Cabe preguntarse entonces si los diferentes ministerios de cultura, siempre obsesionados con los índices de lectura, pueden sacar provecho de esta propuesta. No para organizar eventos parecidos, pues la opinión pública, siempre moralista, les caería encima, sino para pensar en otras estrategias que saquen a la literatura del puente de los aburridos en donde a menudo yace.

Publicado en textos | Deja un comentario

Un texto para Literatura de replà, de Mireia Sallarés

ÁTICO CON TERRAZA
por Marc Caellas

Una de mis primeras lecturas de infancia fueron esos tomos pesados bautizados genéricamente con el nombre de Superhumor: Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Carpanta, son algunos de los personajes que lo poblaban. Mi preferido, sin embargo, siempre fue 13 rue del Percebe, una tira de una página donde el protagonista, el personaje principal, es un edificio. Sí, también están los hombres, mujeres y niños que habitan los distintos pisos del edificio. Pero lo importante es como esos personajes transitan por el ascensor, como llegan al terrado, como usan las ventanas. Pareciera que todo el edificio convive en una isla de anarquía, en donde no aplican las leyes que impone el estado, familia, religión. Ni en sueños sospechaba yo a esa tierna edad que unos treinta años después iba a vivir en Muntaner 14, una versión trash para adultos contemporáneos del edificio inventado por Ibáñez.

Aunque a ratos pueda ser divertida, la vida “real” no es un cómic. Así, a mi ático en Muntaner 14 nunca llegaron furiosos acreedores (eran años de solvencia económica, de vivir como un pseudo-funcionario cultural con pretensiones), pero sí facturas a nombre de la artista que vive allí desde tiempos inmemoriales. En otro mundo más justo, la artista ya sería la propietaria de ese ático en el que a veces circula el fantasma de algún antepasado suyo, que decide escaparse de la cárcel del retrato y recorrer su antiguo hogar. A mi ático también llegaron a visitarme amantes, amigos, músicos. Recuerdo bien que, en una de sus pocas apariciones públicas, las legendarias Burning Ladillas tocaron en la terraza una inolvidable tarde de junio, una terraza en la que pasé largas horas viendo el mar o los aviones, haciendo el amor o el cafre, siempre bien acompañado. Una vez mi amigo Abel cocinó un arroz negro y le salió gris marengo. Otra vez una amiga dejó unas bragas rojas colgadas en el baño y casi me cuesta una novia. Una noche de viernes empecé un romance que me llevó posteriormente a vivir en la Argentina. Una tarde de sábado le lancé huevos a un pitufo de la Guardia Urbana estacionado en la esquina de Gran Vía. Una noche de domingo escuché el concierto de los ACDC en el Estadi Olímpic como si estuviera allí. Hubo un día en que alguien decidió que ya no se construirían áticos en los edificios nuevos de Carcelona. Ese día, otro más, la ciudad perdió otro de sus encantos: las terrazas.

De paredes adentro, me abstraía de todo lo que sucedía en el edificio. De paredes a fuera, era imposible esquivar el caos. Así un día me tocó el timbre una doctora uruguaya pidiéndome ayuda con el butano, y ya nunca más la volví a ver. Una noche casi bajo al tercero a comprar farlopa, pero me acordé de alguna película donde un vecino le pide a otro que le guarde un paquete, y me acobardé. Una madrugada un amigo terminó la fiesta en La Flor del Caribe, ese prostíbulo 24-hour-party-people con trabajadoras extra-comunitarias que sirve de portero automático sin filtro concebido: lo mandaron a su casa a dormir. Una tarde ayudé a dos viejitos a subir las bolsas de la compra del ático al sobreático, a donde no llega un ascensor que, incluso funcionando, parece averiado. La noche de los sábados era, ¿son?, intensas en Muntaner 14. Muchos domingos esquivé vómitos, jeringas o zurullos. Todos los lunes escuché a la señora de la limpieza borrar las huellas de ese tráfico constante sin controles de alcoholemia.

Creo que nunca fui tan feliz en un apartamento. Creo que nunca me mimeticé tan bien con las paredes, con la luz, con el aire que se respira en el ático de Muntaner 14. Defendí la fotografía que preside el dormitorio de las críticas de alguna novia, con la convicción del creyente en el poder del arte. Sin mover apenas una planta de sitio, sentí que el lugar lo había dispuesto yo en sueños. Creo que una ciudad necesita estos espacios de libertad, aún con sus a menudo desagradables efectos secundarios. Creo que un lugar donde uno pasa muchas horas debe ser íntimo y épico a la vez. Creo que, en un mundo ideal, todo el mundo viviría en un ático con terraza. Creo que hay pocos edificios como Muntaner 14.

Publicado en Crónicas, textos | Etiquetado | Deja un comentario

¿Quién mira? (Sobre el Paseo de Robert Walser)

¿QUIÉN MIRA?
La crónica de Christian Broemmel para La Única Revista

Nos habían pedido puntualidad suiza. Aún así, algunos tardan en llegar. La figura espigada de Marc Caellas se movía hacia un lado y hacia otro como con viento arremolinado sobre páramo seco. Estábamos en la placita debajo del puente de Juan B. Justo y Córdoba, y la experiencia que nos convocaba era bien urbana. Cuando finalmente le cobra la entrada, una salida en realidad, a los últimos en llegar, veo que Marc, que es el director de la obra, se aleja un poco y manda un mensaje de texto o hace una llamada perdida. Al rato aparece caminando lento y pausado un hombre flaco, de traje fuera de moda, sombrero y paraguas a modo de bastón. Es Robert Walser, el escritor suizo que, aunque muerto en 1956, surge del tedio de un callejón de mala muerte enmarcado por dos fieritas que mueven los brazos y gritan cosas como si frente a ellos hubiera una cámara. Pero no la hay.

Estamos nosotros, no más que diez, que es el número sugerido de paseantes. Walser frena y saluda uno a uno con un apretón de manos y una mirada intensa y sostenida; Robert, se presenta. Robert. Robert. Se distrae mirando un tren que pasa al lado nuestro y recién después se explaya. “Declaro que esta hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. (…)Espero con alegre emoción todo lo que podamos encontrar durante este paseo.”

Después, sin más, vuelve a caminar, y nosotros detrás de él, porque de eso va la cosa. Y caminamos, varias cuadras, y nos detenemos con él a contemplar una gigantesca publicidad de Montagne a modo de cúpula con un muñeco escalador colgando de ella, las extrañas esculturas que asoman por la terraza de una casa, la excesiva proliferación de cámaras de seguridad frente a los lofts de la calle Darwin, un par de borcegos abandonados junto a la vía, colchones de goma espuma tirados pero no abandonados junto a la vía, un hombre que se lanza corriendo desde un tren en marcha, un tacho de basura del que sólo queda la tapa, el galpón donde conviven los caballos de los mateos con un Fitito viejo, una casa de demolición donde se amontonan ventanas y puertas y puertas y más puertas antiguas, una cortina roja al viento en la ventana de una de esas casas humildes en eterna construcción. También nos miramos a nosotros mismos en las ventanas espejadas de un par de edificios.

¿Son turistas?, nos pregunta una señora. No. Estamos hace tres días sin luz; podrían ayudarnos a cortar la calle. No lo hacemos. Pero Robert habla con estos y otros vecinos. Nada parece planeado y, de a poco, me empiezo a preguntar de qué se trata todo esto. No aparecen otros actores ni hay textos de Walser; sólo paseamos y miramos, y nos miran. ¿Somos turistas? Siento que para la gente del barrio la obra de teatro somos nosotros.

Y entonces, pasado el umbral del desconcierto, una vez que me entrego y me dejo llevar, llegamos a una esquina donde, desde la terraza baja de una casa, una mujer canta ópera. Y lo hace con una exquisitez tal que salen los mecánicos del taller, limpiándose la grasa de las manos, a escucharla, y se detienen dos nenas con sus muñecas a mirarla, y la espían también desde las terrazas aledañas. Robert le habla y le pide más. Nos regala más y pienso que no quiero que se acabe. Alguien dice: todo esto me hace acordar a Adán Buenosayres; alguien tiene una remera que dice: Simple is beautiful.

A partir de ahí los textos de Robert Walser comienzan a cobrar protagonismo. Aparecen para hablarnos, entre otras cosas, de la tristeza que le produce ver un árbol cortado por un vecino, árbol al que una de los paseantes abraza con espontaneidad; para contarnos cómo a través de un banco ciertas damas de caridad le ofrecen dinero y para decirle al director del banco, en la persona de un cajero automático, que a él lo juzgan pobre pero sólo él tiene derecho a juzgarse a sí mismo; aparecen para hablarnos de los carteles de los negocios y la necesidad de mostrarse, de hacerse ver ya desde lejos, en forma rimbombante; sobre los autos y los conductores, y la manía por la velocidad en detrimento de la placidez. Sentada en una mesa de afuera, en un bar, una mujer sorprendida escucha cómo Robert le declara su amor pensando que es otra. En una librería pide le recomienden el mejor libro y el librero le ofrece el de mayor éxito.

De nuevo en la calle vemos a dos hombres poniendo trabajosamente un gran megáfono sobre un camión destartalado; uno nos hace señas para explicarnos, sin hablar, qué es eso que hace. Cree que no hablamos su idioma, cree que somos turistas. Y lo somos.

Robert se detiene junto a una mesa donde almuerzan dos extranjeros que nos sonríen curiosos y se reflejan en nosotros, y nosotros en ellos.

Pero se hizo tarde, tenemos que apurarnos un poco para llegar a tiempo a casa de Madame Aebi, una amiga de Robert, también su mecenas, que nos espera con la comida y un vino como cierre del paseo. Una vez ahí, nos sentamos en una mesa larga con Madame en una punta y Robert en la otra; asistimos, desde el centro de la escena, a una relación en la que la amabilidad es violencia, y la generosidad imposición. Robert huye; la mujer va detrás de él, y quedamos solos y expectantes mientras la voz de la cantante de ópera nos envuelve desde algún lugar oculto en la habitación.

Habíamos compartido la mesa con los personajes; ahora lo hacemos con los actores: un excelente Esteban Feune de Colombi, la bella Sophie Tirouflet y la siempre sorprendente Myriam Henne-Adda, que es además la voz del grupo Nana e Nada. Nos cuentan que durante una función un vecino salió enojado a decirles que se fueran al teatro a hacer teatro.

Publicado en Teatro | Etiquetado | Deja un comentario

El Paseo de Robert Walser, en La Otra (Bienal de Arte, Bogotá 2013)

Una imagen de Esteban Feune de Colombi

El Paseo de Robert Walser es un recorrido teatral, caminando, que dura una hora y media. Se presenta en el marco de La Otra.

Interpretado por Esteban Feune de Colombi. Con la participación de Natalia Helo.

Hay cupo para 10 espectadores/paseantes por día y, por tanto, hace falta reservar enviando un correo a robertwalser2012@gmail.com. Se les responderá rápidamente con las indicaciones, punto de encuentro y demás.

Esta es una de las obras que Marc Caellas construye como recorridos entre diferentes espacios en los que va ocurriendo la trama, incluyendo así al espacio urbano como telón de fondo de la acción y al espectador como participante activo del proyecto. Su propuesta teatral quiere dirigirse al espectador como individuo y compartir el espacio escénico para que sea más consciente de su participación en la obra.

Fechas de los recorridos:

Miércoles, 27 de noviembre
4:00 pm a 5:30 pm

Jueves, 28 de noviembre
4:00 pm a 5:30 pm

Viernes, 29 de noviembre
4:00 pm a 5:30 pm

Sábado, 30 de noviembre
12:00 pm a 1:30 pm

Publicado en Teatro | Etiquetado | Deja un comentario

Notas de cocina

Publicado en Teatro | Etiquetado , | Deja un comentario

El Paseo de Robert Walser en Otra Parte

Una imagen de Martín Castillo

El Paseo de Robert Walser reseñado por Marcelo Pitrola para Otra Parte.

A alta velocidad y con estruendo, una bandada de autos pasa por la avenida Niceto Vega y Robert dice: “A la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil le muestro siempre mi rostro malo y duro, y no merecen otro mejor”. Con sombrero y traje de lino, un joven Robert Walser (excelente Esteban Feune de Colombi) pasea por Villa Crespo y Palermo, en Buenos Aires, acompañado por unos diez participantes. La ciudad deviene teatro y fragmentos del texto El paseo de Walser ritman el itinerario, en el que habrá estaciones –una librería, un cajero automático, una casa– que forman parte de la “puesta en escena”. Los participantes no sabemos con certeza si algo que sucede es componente de la ficción o irrupción del azar. Durante la caminata Robert señala un detalle arquitectónico que llama su atención, invita a mirar un corroído Peugeot 404 convertido en descapotable o a un joven que, ante una cortina metálica, lucha para abrir una cantidad absurda de candados.

Pasado un tiempo, Walser anuncia que siempre hay una actriz leyendo en un pequeño bar y allí está ella (Sophie Tirouflet), en un café de la calle Darwin, con una peluca que delata su pertenencia a la ficción. Ceremonioso, Robert inicia una conversación y expresa su entusiasmo al verla: “¿No habrá sido quizás actriz antaño?”. Halagada, la mujer sin embargo desmiente las suposiciones del paseante. La ciudad aparece como escenario de encuentros inesperados y también como reservorio de historias y ficciones, que anidan en los espacios y en los desconocidos que el protagonista va cruzando. Así, una cantante (Myriam Henne-Adda) ensaya en una terraza una bella aria y unos mecánicos que se suman a la función, privada y pública a un tiempo, piden un bis.

En pasajes del texto de Walser, el flâneur y narrador interpela al lector, como si este fuera un compañero de paseo; da la impresión de que la fuerza performativa de la narración contiene en potencia la experiencia teatral de Caellas y Feune de Colombi. Se puede leer en la nouvelle –de 1917– el choque entre el siglo XIX y el comienzo tumultuoso del XX en una ciudad suiza de provincia. Con un aire al Rilke de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), la voz narradora esboza escenas, anécdotas, reflexiones sobre el espacio público, da cuenta de la experiencia urbana. Como apunta Andreas Huyssen sobre Rilke y las miniaturas modernistas, se trata de un “aprender a ver” la ciudad, pero en Walser hay menos trauma, más irritación y deleite. En la performance de Caellas se suma el siglo XXI a la colisión; lo decimonónico y lo moderno de Walser, asediados por el desquicio organizado de la metrópolis contemporánea.

La performance ya “paseó” por diferentes barrios porteños (San Telmo y Boedo) y ciudades (se hizo en Montevideo y se hizo y se hará de nuevo en Bogotá). En cada nuevo lugar, el teatro de la experiencia urbana que propone El paseo de Robert Walser se recreará en otras condiciones, y se producirán otros sentidos en la búsqueda de hacer legibles los cada vez más complejos y saturados espacios metropolitanos.

El paseo de Robert Walser, adaptación de Esteban Feune de Colombi y Marc Caellas, dirección de Marc Caellas, Buenos Aires. Se presentará entre el 27 y el 30 de noviembre en Bogotá en el marco de La Otra, feria de arte contemporáneo.

Publicado en Crónicas, Teatro | Etiquetado , | Deja un comentario

El Paseo de Robert Walser (3ª temporada en Buenos Aires)

EL PASEO DE ROBERT WALSER
Una propuesta de teatro a pie de Marc Caellas
Presentada por Esteban Feune de Colombi

Del martes 15 al sábado 19 de octubre
Por las calles de Palermo y Villa Crespo
Reservas e info a robertwalser2012@gmail.com

“El paseante del suizo Walser, en una librería cualquiera de Boedo y con acento argentino, burlándose de los consensos, de la literatura supeditada a criterios de venta, de los absurdos del mundo cultural, según las indicaciones de un director catalán. Centros periféricos y periferias centrales, fronteras abolidas, traducciones, cambios de ciudad, saltos cuánticos, interacciones transculturales: bienvenidos a cualquier librería”
Jorge Carrión en Librerías

Publicado en Teatro | Deja un comentario