
La autopista Rosario-Córdoba fue inaugurada por Cristina K. hace un año y medio. La vía es una larga recta que atravesamos a 160 km/h de madrugada. Por momentos me siento en Alemania, sin radares, ni límites de velocidad, ni toreros ebrios al volante. Pink Floyd pone la música, la pampa se ofrece en toda su inmensidad y mi gauchita pop maneja absorta en sus pensamientos. La carretera es tan nueva que no tiene ni estaciones de servicio. Para tomar un café o cargar nafta uno debe salir y recorrer cuatro o cinco kilómetros hasta el primer pueblo, Bell Ville por ejemplo, el pueblo de Mario Alberto Kempes, y detenerse ahí, en medio de la nada.
El hotel Castelar queda en frente de la estación de tren. Con el conserje padecemos el primero de una serie de incidentes idiomáticos que serán parte de la experiencia de este viaje. La particular tonada cordobesa nos lleva a confundir Walter con Duarte o Flores con Funes. Nada grave en todo caso. Lo que sí tiene delito es el palacio Ferreyra, un desmesurado edificio que se construyó el doctor Martín Ferreyra a comienzos del siglo XX. Un palacio con unas dimensiones que ni la realeza británica puede igualar. El de Buckingham es una casa de muñecas al lado de este coloso edificio en donde María Antonieta se sentiría a sus anchas. Ahí mismo, en medio del salón principal, contemplo el impresionante techo que, gracias a un audaz sistema de iluminación natural, parece suspendido sobre nuestras atónitas cabezas. A los pies de una escalera que Gloria Swanson bajaría una y otra vez, la responsable de la Secretaría de Cultura de la Provincia de Córdoba inaugura este encuentro de gestores culturales al que he sido invitado de rebote. María Elena habla como Cristina K., con entusiasmo desbordado aderezado con tintes melodramáticos muy del gusto del público local. Les quiero mucho a todos. “Estamos en un momento de ebullición del pensamiento”, enfatiza la abogada y actriz reconvertida en gestora, autora de una pionera ley de reconocimiento artístico, que permite cobrar una generosa pensión de jubilación a los creadores cordobeses. Mi gauchita pop y yo casi nos perdemos el discurso porque estamos indagando con el mesero sobre el concierto de la Mona Jiménez. La noches del jueves es noche VIP y por tanto podemos ver a la Mona sin preocuparnos demasiado por nuestra integridad física. Ser descendientes de la familia Sitner y del conde de Pinós obliga a tomar precauciones.
Mientras esperamos que empiece el sarao conversamos con la artista tucumana Mónica Herrera. Algo se mueve en Tucumán. Mucho conceptualismo irónico. Desde un cura que ha convertido la cripta de su iglesia en un espacio para el arte contemporáneo hasta un artista que hace películas sólo con los créditos, pareciera que en Tucumán se lo toman todo a broma, aunque de una manera muy seria, infinitamente seria. Como los trovadores de Córdoba, que amenizan el modesto ágape con el que concluye la inauguración de este encuentro. Los trovadores rascan sus guitarras con actitud, como si les motivara tocar en el ala oeste del palacio Ferreyra, ahora convertido en Museo Evita, una vez expropiado a los descendientes del aristócrata criollo de gustos afrancesados.
A las 3 tengo una cita en la Academia de Historia Natural. Casi cien personas me escuchan hablar de la necesidad de infiltrarse en las instituciones culturales, el imperativo moral que nos obliga a apropiarnos de los capitales simbólicos, y pecuniarios!, que dichos entes atesoran. O lo hacemos nosotros o lo harán otros. Cito a mi amigo José Antonio y la audiencia se ríe cuando les digo que como nadie se manifiesta por las calles en protesta por una mala programación cultural. Por desgracia somos nosotros los que debemos auditarnos para saber si nuestra actitud es la adecuada en el contexto en el que incidimos. Un señor habla de las redes sociales y los nuevos medios electrónicos mientras en España la Guardia Civil detiene a los delincuentes de la SGAE, este ente reaccionario y tan retrógrado como la monarquía o la iglesia. Al mismo tiempo en la Universidad Nacional de Córdoba hacen doctor al futbolista Evo Morales y en Cuba Fidel Castro le diagnostica un cáncer a Hugo Chávez. No es fácil ser un presidente latinoamericano.
Mi amiga Andrea, la cordobesa más bogotana, me aconseja cenar en la Candela y allí nos plantamos para comprobar que las mozas que atienden tienen tanto mal humor como buena sazón. Unas empanadas salteñas picantes y un locro nos calientan el cuerpo. Breve descanso en el hotel y nos vamos al concierto. Pasadas las doce estamos en la puerta y ahí, en fila india, esperamos más de media hora soportando los embistes del viento cordobés. Una vez dentro nos perdemos entre las veinte pantallas con sus correspondientes veinte proyectores. Porque si la sala El Rey es el MOMA de los boliches del mundo, la Mona Jiménez es el Jeff Koons del cuarteto cordobés, una música que hace bailar a media Argentina. Mientras esperamos a la estrella -apodada la Mona porque de chico jugando a ser Tarzán le dijeron: no, vos sos Chita- y, a modo de aperitivo, los amos del circo nos obligan a tragarnos al hijo que, aunque contonea sus caderas siempre sonriente, deja indiferentes a un respetable que no cree en derechos hereditarios. A las 3 de la mañana, finalmente, aparece la Mona y ahí sí se prende la cumbia y todos bailamos, y saltamos, y cantamos como si nos fuera la vida en ello, como si conociéramos a Carlitos de toda la vida. Constatamos que entre canción y canción la Mona se comunica con su público con unos gestos con los dedos que son una especie de lenguaje secreto entre cordobeses.
Al día siguiente despierto con resaca. El ruido de la calle que entra en la habitación me impide seguir durmiendo. Es como tener la cama al lado del aeropuerto. Llego tarde al encuentro alternativo que dirigen con entusiasmo Ilze y Jorge. Curaduría forense dicen que hacen. Escucho a Aníbal Buede hablar de Casa 13, un espacio autogestionado que ha colonizado un edificio público y ha sobrevivido durante 18 años sin personalidad jurídica, ni permisos de ningún tipo, ni siquiera relaciones con sus vecinos. Un proyecto que me hace pensar en la ONG caraqueña. Un grupo de gente organizado en facciones y que actúa por necesidad, más por deseos que por objetivos. Más tarde, de regreso al hotel, manejando por las calles cordobesas escucho a Lou Reed cantar there is no time, cause this is the time. Es importante ser consciente del momento. Vivir el presente. Fundirse en lo inmediato.
En la noche empieza la Copa América y nosotros vemos la primera parte en un bar adolescente que se hacer llamar Mariamaria. Argentina se enfrenta a Bolivia y ahí está Evo en el palco, viendo el juego, sólo. Cristina ha excusado su presencia. La presidenta, que es muy lista, se temía lo peor, y se ha quedado en Olivos. Uno a uno y gracias. La albiceleste no juega a nada y ni Messi puede arreglarlo. Me concentro entonces en la lectura de Actitud PJ Harvey, un bizarra publicación cuyo instigador asegura podría ser un libro o una revista y que sólo se consigue en un oscuro local de tatuajes de unas deprimentes galerías comerciales del centro. Veintidós mujeres y tres hombres escriben desde la habitación de un hotel inspiradas por la música de PJ Harvey. Tengo que regalarles esto a los Mapaches, pienso, mientras creo entender que a las mujeres argentinas la libido les surge entre las neuronas, bajo esas largas cabelleras que lucen orgullosas. Como mi adorada compañera de fatigas que, sentada en la cama, prepara su ponencia para mañana. Le tomo una fotografía para seguir con la serie de retratos que le voy robando con mi celular. Me gusta verla así, concentrada en sus ideas…
Es sábado y seguimos en Córdoba, en el subsuelo de la UNC. Los gestores hablan y hablan y le dan vueltas a los mismos temas, y está bien, pero me cansa. No tengo paciencia, es uno de mis defectos. Al rato, aprovechando la pausa, escapo y me tomo un café frente al Palacio Ferreyra, en un restaurante concheto. Compro el Ñ y leo una entrevista a James Ellroy. Hace tiempo que me persigue este hombre. Tendré que leerlo de una vez. Dice el gringo que si uno pretende hablar de su vida hay dos cosas que son obligatorias: debe ser emocionalmente honesto y hacerse cargo de sus propias debilidades. No es fácil asumir tu propio barranco. Pero debe hacerse. Los de San Juan lo tienen claro y organizan exposiciones de arte contemporáneo con menos de 15 euros.
Compartimos almuerzo con Aníbal y con Alejandro, un coleccionista de arte low-cost, un tipo curioso que lidera una de las múltiples facciones de Casa 13. Alejandro es un apasionado del arte contemporáneo, disfruta conociendo y apoyando a los artistas. Vive en la periferia de Córdoba con su mujer e hijos y trabaja para un Congreso Médico en Buenos Aires. Alejandro nos sugiere un plan para el domingo. Se trata de conocer La Cumbrecita, el primer pueblo peatonal de la República Argentina, que esconde un misterioso cementerio en el que están enterrados algunos nazis que escaparon a la escabechina del 45. Todo el pueblo tiene un aire de parque temático tirolés. Es el día más frío del año en Argentina y lo sentimos en nuestro organismo. Ni el chivo a la parrilla consigue calentarnos el cuerpo. Caminamos montaña arriba y el cementerio no aparece. A punto de desfallecer de cansancio nos topamos con una familia de guiris. Mi gauchita pop aprovecha la ocasión para recordarme el imán que cargo siempre y con el que atraigo a estos seres en los lugares más insospechados. Los ingleses nos aseguran que no han visto ningún cementerio y nosotros les hacemos caso y damos la vuelta. Ya resignados a nuestro fracaso aparece una pareja de adolescentes en busca de un rincón para retozar tranquilo. Son ellos quienes nos enseña el semi-oculto sendero que nos lleva directos a nuestra meta: el cementerio alemán. Entre el capitán Helmut y el solado Walter pensamos en los avatares de estos teutones que cruzaron el planeta y se instalaron en una zona que de alguna manera les recordara su tierra. De regreso en el auto manejamos por una sinuosa carretera que rodea el dique y hablamos de lo que significa el paisaje. Mi gauchita me recomienda nuevamente la lectura de Ezequiel Martínez Estrada. Después de negarme varias veces, en gran parte por la aburrida portada, finalmente le hago caso y lo leo. Casi todos los ponentes del congreso mencionan el paisaje en sus presentaciones. El paisaje influye sin que seamos conscientes de ello.
“La amplitud del horizonte, que parece siempre el mismo cuando avanzamos, o el desplazamiento de toda la llanura acompañándonos, da la impresión de algo ilusorio en esta ruda realidad del campo. Aquí el campo es extensión y la extensión no parece ser otra cosa que el desdoblamiento de un infinito interior, el coloquio con Dios del viajero. Sólo la consciencia de que se anda, la fatiga y el deseo de llegar, dan la medida de esta latitud que parece no tenerla. Es la pampa; es la tierra en que el hombre está sólo como un ser abstracto que hubiera de recomenzar la historia de la especie -o de concluirla.”
Ezequiel Martínez Estrada
menos mal que encontraron el cementerio , me deben haber puteado en 4 idiomas….
Fue un gusto conocerlos .
A.L
ps: me compre un reloj parecido al de Lila http://yfrog.com/gzkfcmxj , ajajajaja
que rapidez la tuya!
por lo del reloj digo…
gusto compartido, ojalá nos encontremos pronto!
…en tu largo caminar, veo que recordaste al conde de Pinós…. Todo un detalle de tu parte.
El Conde de Pinós está siempre presente. Imposible no recordarlo…